Cuando se habla de riesgos laborales derivados del cambio climático, casi todo el mundo piensa en una obra o en un campo. Es lógico: son los escenarios más visibles. Pero el calor extremo, las lluvias torrenciales y los episodios de mala calidad del aire han dejado de ser un asunto exclusivo del trabajo a la intemperie. Afectan a un almacén sin climatizar, a una cocina en agosto, a un taller con cubierta de chapa, a quien reparte a pie o en moto, a quien conduce toda la jornada, a quien limpia, mantiene instalaciones o atiende un comercio con la puerta abierta a la calle. Y afectan también, de forma directa, a la continuidad de la actividad cuando una alerta obliga a cerrar.

La consecuencia práctica es sencilla: la meteorología se ha convertido en un factor que cualquier empresa, del tamaño y del sector que sea, tiene que integrar en su gestión preventiva.
Tres cosas a la vez.
Ha cambiado la exposición. Los últimos años han sido los más cálidos de la serie histórica, las olas de calor se repiten cada verano y se adelantan a junio, y las lluvias se concentran en episodios más violentos. Las noches tropicales impiden la recuperación fisiológica, de modo que el trabajador llega al turno siguiente con el descanso ya comprometido.
Ha cambiado la evidencia. Durante los episodios de ola de calor los accidentes de trabajo aumentan en torno a un 17 %, y no solo por patología térmica: el calor produce fatiga, pérdida de atención y errores, y esos errores se materializan en caídas, cortes y atrapamientos. Buena parte se registran por su consecuencia y no por su causa de fondo, lo que hace que el problema parezca menor de lo que es.
Y ha cambiado la norma. La adaptación de las condiciones de trabajo ante avisos naranjas o rojos por fenómenos meteorológicos adversos es obligatoria desde 2023, incluida la reducción o modificación de la jornada cuando las medidas preventivas no bastan. Desde finales de 2024 existe además un permiso retribuido por causa de fuerza mayor climática, de hasta cuatro días, cuando la persona no puede acceder al centro de trabajo o desplazarse con seguridad por indicación de las autoridades. Y las empresas deben informar a la representación de los trabajadores de las medidas previstas ante alertas.
El mismo día de calor no afecta igual a todo el mundo. Conviene identificar, con la ayuda del servicio de prevención y respetando la confidencialidad de la información de salud, a las personas especialmente sensibles: quienes tienen patologías cardiovasculares, respiratorias, renales o metabólicas, quienes toman determinados tratamientos que alteran la termorregulación, las trabajadoras embarazadas, las personas de más edad y quienes se incorporan sin aclimatación previa.
Este último grupo merece atención especial porque suele pasar desapercibido. El cuerpo se adapta al trabajo con calor, pero necesita entre siete y catorce días de exposición progresiva, y esa adaptación se pierde en una semana de ausencia. Un trabajador recién incorporado, o alguien que vuelve de vacaciones o de una baja, no está aclimatado aunque lleve veinte años en el oficio. Las primeras olas de calor de junio son, por eso, estadísticamente las más peligrosas del año.
Agua fresca, accesible y gratuita, bebiendo poco y a menudo sin esperar a tener sed. Un lugar realmente fresco y ventilado para descansar, porque descansar al sol no es descansar. Pausas más cortas y más frecuentes cuanto peores sean las condiciones. Ropa ligera y transpirable que cubra, protección de cuello y nuca, gafas con filtro ultravioleta y crema solar facilitada por la empresa, igual que se facilitan los guantes. Y formación breve y práctica: reconocer los síntomas propios y ajenos, y saber que ante confusión, tambaleo o piel caliente y seca se llama al 112 y se enfría sin esperar.
A ello se añade una regla de organización que vale para cualquier sector: reorganizar el horario en verano. Colocar el trabajo físicamente exigente en la parte fresca del día no es una concesión, es recuperar la productividad que el calor se lleva por la tarde.
A ese protocolo conviene añadir un plan para la emergencia por lluvia o inundación: quién decide el cierre y con qué antelación, cómo se comunica a la plantilla (incluida la instrucción explícita de no desplazarse si las autoridades lo desaconsejan), qué se hace con vehículos, equipos y documentación, y cómo se organiza después la vuelta con seguridad, porque las tareas de limpieza y achique concentran buena parte de los daños posteriores.
El coste del paquete completo de medidas climáticas en una empresa media es reducido y se reparte entre varias temporadas. Enfrente están la caída de rendimiento en cada episodio, las sanciones, el recargo de prestaciones que asume íntegramente la empresa cuando el daño se debe a falta de medidas, las responsabilidades civiles y penales en los casos graves y el efecto reputacional.
Un golpe de calor sufrido trabajando es accidente de trabajo con todas sus consecuencias, y en la investigación posterior la primera pregunta será siempre la misma: qué medidas tenía previstas la empresa y si puede demostrar que las aplicó. Esa pregunta se responde bien de una sola manera: teniéndolo escrito, comunicado y registrado antes de que llegue el calor.
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