
Durante décadas, la prevención de riesgos laborales en la construcción se ha ocupado, con toda la razón, de los riesgos de siempre: las caídas en altura, los atrapamientos, la electricidad, la maquinaria. Pero en los últimos años ha aparecido un factor que está cambiando las condiciones reales de trabajo: el clima.
No es un problema de futuro. Los veranos son más largos y más calurosos, las olas de calor se repiten y se adelantan, y episodios como la DANA de octubre de 2024 demostraron que un fenómeno meteorológico puede convertirse en cuestión de horas en una emergencia que afecta de lleno a las empresas y a sus trabajadores. Quien trabaja al aire libre, sobre un forjado, en una cubierta o en una zanja, sufre estas condiciones antes y con más intensidad que casi nadie.
Los últimos años han sido los más cálidos de toda la serie histórica española, y la Comunitat Valenciana figura entre los territorios más afectados. En Europa, uno de cada tres trabajadores declara haber estado expuesto a algún riesgo relacionado con el clima en el último año, y en la construcción uno de cada cuatro señala directamente el calor extremo. La obra concentra todos los factores agravantes a la vez: trabajo a la intemperie, esfuerzo físico intenso, equipos de protección que dificultan la evaporación del sudor, superficies que reflejan y acumulan calor, alta rotación y mucha subcontratación. Durante los episodios de ola de calor los accidentes de trabajo aumentan en torno a un 17 %, con una infradeclaración importante: muchos accidentes ocurridos con calor extremo se registran por su consecuencia (una caída, un corte, un desmayo) y no por su causa de fondo.
El primer riesgo es el calor extremo y estrés térmico. No basta con mirar el termómetro: el riesgo depende de la combinación de temperatura, humedad, radiación, viento, esfuerzo físico y ropa de trabajo. Los daños van desde los calambres y el agotamiento hasta el golpe de calor, una urgencia vital. Los más expuestos son estructuristas, ferrallistas, encofradores, cubierteros, asfaltadores y personal de urbanización, y muy especialmente los trabajadores nuevos sin aclimatar. Un detalle decisivo: quien sufre un golpe de calor no es consciente de lo que le pasa, porque la confusión es uno de los primeros síntomas. Por eso funciona el sistema de parejas. Si alguien “dice cosas raras”, se tambalea o deja de sudar con calor intenso, es una emergencia.
El segundo riesgo es la radiación solar ultravioleta. Es probablemente el riesgo más infravalorado, porque no molesta en el momento: sus efectos (envejecimiento cutáneo, cataratas, cáncer de piel) llegan años después, en cara, orejas, cuello, calva y antebrazos, justo las zonas que quedan descubiertas. Trabajar sin camiseta porque hace calor multiplica la dosis recibida: la respuesta correcta al calor nunca es quitarse la ropa.
Por último, las lluvias torrenciales, viento y tormenta. Una DANA puede descargar en horas la lluvia de varios meses: arrastre por avenidas, derrumbe de zanjas y taludes, electrocución por instalaciones anegadas y accidentes al circular por vías inundadas. Con viento, los límites de los manuales de grúas, plataformas y andamios no son orientativos, y ninguna carga se guía con las manos.
La Ley de Prevención de Riesgos Laborales no menciona el cambio climático, pero no le hace falta: el deber general de protección, la obligación de revisar la evaluación cuando cambian las condiciones de trabajo y el derecho a interrumpir la actividad ante riesgo grave e inminente ya cubren estos riesgos. Una evaluación que no contemple el calor extremo en una obra valenciana en julio está, sencillamente, desactualizada. Sobre esa base, el Real Decreto-ley 4/2023 obliga a adaptar las condiciones de trabajo (incluida la reducción o modificación de la jornada) cuando hay aviso naranja o rojo y las medidas preventivas no garantizan la protección. El Real Decreto-ley 8/2024 incorporó el permiso climático: hasta cuatro días retribuidos cuando no se puede acceder al centro de trabajo o desplazarse con seguridad. Y el convenio general del sector fue el primero de España en desarrollar estas obligaciones, regulando la adaptación de condiciones ante temperaturas extremas y el tratamiento de las horas no trabajadas para que proteger la salud no suponga pérdida salarial.
La forma más práctica de ordenar todo esto es un protocolo por niveles ligado a los avisos oficiales. En verde, agua fresca disponible, sombra en los descansos, vigilancia de síntomas y aclimatación de los nuevos, que necesitan entre siete y catorce días de exposición progresiva. En amarillo, pausas de diez minutos cada hora a la sombra, tareas pesadas a primera hora, un punto de agua a menos de cincuenta metros de cada tajo y sistema de parejas. En naranja, adaptación de la jornada, suspensión del trabajo pesado al sol en la franja crítica, nadie trabaja solo y comunicación expresa a las subcontratas. En rojo, suspensión de los trabajos a la intemperie salvo emergencia justificada, con registro documental de la decisión.
Lo esencial es que umbrales, medidas y responsables estén decididos por escrito de antemano: en plena ola de calor o con la DANA encima no es momento de debatir criterios, sino de aplicarlos. Y que las tres medidas de oro (agua fresca y cercana, sombra de verdad para descansar y pausas pautadas) se sostengan cada día de julio en todas las obras a la vez, que es lo verdaderamente difícil.
El primer coste del clima extremo no aparece en ningún parte de accidente: es la productividad. Una cuadrilla haciendo trabajo pesado a pleno sol en una tarde de ola de calor rinde una fracción de lo normal y encima asume un riesgo alto. Por eso la medida más rentable suele ser la reorganización horaria: las mismas horas, en la parte fresca del día, producen más y exponen menos.
Cuando la prevención falla, la factura crece deprisa: parada del tajo, sanciones, recargo de prestaciones a cargo exclusivo de la empresa, responsabilidades civiles y penales, y daño reputacional en licitaciones que valoran la siniestralidad. Frente a eso, el coste de la prevención climática de una obra media (agua, una malla de sombreo, un termómetro, crema solar y cubrenucas, y unas horas para escribir el protocolo y dar las charlas) resulta casi anecdótico.
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